“No te preocupes, yo te ayudo…. Ver más

Motociclista chocó un vehículo de lujo y contactó al dueño, quien respondió inesperadamente
Nunca había sentido tanto miedo por un simple sonido. Fue un golpe seco, breve, metálico. Apenas un segundo. Pero cuando miré hacia mi derecha y vi el espejo lateral de aquel automóvil de lujo doblado hacia atrás, sentí que el estómago se me hundía. Yo iba en mi motocicleta, intentaba atravesar una calle estrecha y había calculado mal la distancia. El vehículo estaba estacionado. No había nadie dentro. Y ahora tenía una rayadura larga en la puerta y el espejo visiblemente dañado.
Mi primera reacción fue pensar en marcharme. Nadie parecía haber visto nada. Podía encender la moto, avanzar dos calles y probablemente jamás volvería a encontrarme con aquel automóvil. Pero llevaba demasiados años diciéndole a mi hijo que uno debe responsabilizarse por sus errores como para convertirme precisamente en aquello que le enseñaba a no ser. Así que estacioné, respiré profundamente y dejé una nota debajo del limpiaparabrisas con mi nombre, mi número y una frase: “Fui yo. Lo siento. Llámeme y buscaré la forma de pagar el daño”.
Mi nombre es Javier.
En aquel momento tenía treinta y cuatro años.
Trabajaba como repartidor para una pequeña distribuidora de medicamentos.
La motocicleta no era un pasatiempo.
Era mi herramienta de trabajo.
La había comprado usada y todavía la estaba pagando.
Vivía con mi esposa, Daniela, y nuestro hijo Matías, que tenía siete años.
No pasábamos hambre.
Pero tampoco sobraba nada.
Cada mes era una especie de rompecabezas.
Alquiler.
Comida.
Escuela.
Gasolina.
Medicamentos de mi madre.
Cuota de la motocicleta.
Cuando conseguíamos llegar al final del mes sin pedir prestado, lo considerábamos una victoria.
Por eso, cuando observé aquel automóvil, no vi solamente una puerta rayada.
Vi dinero.
Muchísimo dinero.
Era uno de esos vehículos que yo solo había visto en revistas o estacionados frente a hoteles.
Negro.
Impecable.
Interior de cuero claro.
Rines enormes.
No conocía el modelo exacto, pero sabía que cualquiera de sus piezas probablemente costaba más que mi motocicleta completa.
Me quedé esperando unos minutos.
Nadie apareció.
Entré al edificio más cercano y pregunté al guardia si sabía de quién era.
—Creo que de alguien del piso ocho —me respondió.
—¿Puede avisarle?
—No puedo dejar el puesto.
Miré nuevamente el automóvil.
Saqué un papel de mi mochila.
Escribí mi número.
También tomé fotografías del daño.
No quería que después me responsabilizaran por algo que yo no había hecho.
La rayadura era mía.
El espejo también.
Nada más.
Mientras colocaba la nota pensé:
“Javier, acabas de arruinar los próximos seis meses de tu vida”.
Volví al trabajo.
Durante las siguientes horas miré el teléfono constantemente.
Nada.
A las cuatro de la tarde pensé que quizás la nota había volado.
A las cinco imaginé que alguien la había quitado.
A las seis terminé mi jornada.
Cuando llegué a casa, Daniela notó inmediatamente que algo estaba mal.
—¿Qué pasó?
—Choqué un carro.
Se quedó inmóvil.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿La otra persona?
—No había nadie.
Respiró aliviada.
Entonces preguntó:
—¿Qué tan grave?
Le enseñé las fotografías.
Su expresión cambió.
—Javier…
—Ya sé.
—Ese carro cuesta una fortuna.
—También sé eso.
—¿Te vio alguien?
La miré.
Ella entendió.
—Dejaste tu número.
—Sí.
No me criticó.
Solo se sentó.
—Vamos a resolverlo.
Aquella frase me tranquilizó más que cualquier otra cosa.
No dijo:
“¿Cómo pudiste?”
No dijo:
“Tenías que irte”.
Dijo:
“Vamos a resolverlo”.
Cenamos.
Acostamos a Matías.
A las nueve y diecisiete sonó mi teléfono.
Número desconocido.
Miré a Daniela.
—Debe ser él.
Contesté.
—¿Javier?
—Sí.
La voz era de un hombre.
Tranquila.
—Soy el propietario del vehículo que golpeaste esta mañana.
Me puse de pie sin darme cuenta.
—Señor, primero quiero disculparme. Fue completamente mi culpa. Yo estaba pasando demasiado cerca y…
—Vi la nota.
—Sí.
—También vi el daño.
Tragué saliva.
—Yo voy a responder. No puedo pagar una cantidad enorme de una sola vez, pero podemos buscar un taller y…
El hombre me interrumpió.
—¿Te fuiste después de dejar la nota?
La pregunta me pareció extraña.
—Sí, señor. Tenía que continuar trabajando.
—¿Nadie te obligó a dejarla?
—No.
—¿Había cámaras?
Miré a Daniela.
—No lo sé.
El hombre permaneció en silencio.
Después preguntó:
—¿A qué te dedicas?
Ahora estaba confundido.
—Soy repartidor.
—¿La moto era tuya?
—Sí.
—¿Estás asegurado?
—Tengo el seguro básico obligatorio, pero no creo que cubra un daño así.
Otra pausa.
—Mañana a las diez estaré en el mismo lugar. ¿Puedes ir?
Mi corazón se aceleró.
—Sí.
—Bien. Hablamos allí.
Colgó.
—¿Qué dijo? —preguntó Daniela.
—Que vaya mañana.
—¿Cuánto quiere?
—No dijo.
Dormí muy poco.
Calculé mentalmente todas las posibilidades.
Podía vender la motocicleta.
Pero sin motocicleta no podía trabajar.
Podía pedir un préstamo.
Ya debía uno.
Mi hermano quizá podía ayudarme con algo.
Pensé incluso en hablar con mi jefe para pedir un adelanto.
Al día siguiente llegué veinte minutos antes.
El automóvil estaba allí.
El dueño apareció exactamente a las diez.
Era un hombre de unos cincuenta años.
Camisa blanca.
Pantalón oscuro.
Nada llamativo.
Extendió la mano.
—Alejandro.
—Javier.
Nos acercamos al vehículo.
Yo señalé el daño.
—Aquí fue donde lo golpeé.
Alejandro observó la puerta.
Después el espejo.
—Sí.
—Conozco un taller bueno, pero entiendo que usted probablemente quiera llevarlo al concesionario.
Me miró.
—¿Cuánto crees que cuesta reparar esto?
—No tengo idea.
—Bastante.
Sentí la garganta seca.
—Lo imaginaba.
Alejandro abrió el automóvil.
Sacó un sobre.
Pensé que era un presupuesto.
Me lo entregó.
—Ábrelo.
Dentro había unas hojas.
Era una cotización.
Vi la cifra.
Tuve que leerla dos veces.
Entre reparación, pintura, pieza original y mano de obra, el total era una cantidad que representaba varios meses de mi salario.
—Señor Alejandro…
—¿Puedes pagarlo?
Podía mentir.
Decir que sí.
Hacerme el orgulloso.
Pero no tenía sentido.
—No de una sola vez.
—¿Cuánto puedes pagar?