Matthew permaneció inmóvil cuando Elena se apartó de él.

Matthew permaneció inmóvil cuando Elena se apartó de él.
Sin decir una palabra, colocó el teléfono boca abajo sobre el asiento, como si ocultar la pantalla pudiera borrar la verdad que ella acababa de descubrir.
—Tú la conoces —murmuró Elena.
Detrás de ellos, un todoterreno hizo destellar sus luces dos veces.
El conductor observó el retrovisor y tensó la mandíbula.
—Señor, nos están siguiendo.
Elena llevó la mano hacia la puerta, decidida a salir, pero Matthew le sujetó la muñeca antes de que pudiera hacerlo. No fue brusco. No le causó dolor. Sin embargo, aquel gesto resultó más inquietante que cualquier muestra de fuerza.
—Si bajas ahora, te alcanzarán antes de que puedas correr una sola calle —advirtió.
—¿Y si me quedo?
Por primera vez, la serenidad de Matthew desapareció.
—Entonces tal vez tengas la oportunidad de descubrir por qué Isabel ha intentado localizarme todos estos días.
La lluvia golpeaba los cristales oscuros mientras Elena lo observaba. El vehículo avanzaba por una zona industrial abandonada, lejos de las luces de la ciudad y de cualquier persona que pudiera ayudarlos.
Matthew abrió un compartimento oculto entre los asientos y sacó un sobre marrón perfectamente sellado.
En la parte frontal aparecía escrito un nombre.
Elena Vargas.
El corazón de Elena dio un vuelco.
—¿Qué contiene?
Matthew sostuvo el sobre con una expresión cargada de recuerdos.
—Algo que tu padre quiso que recibieras.
—Eso es imposible. Mi padre murió sin dejar nada.
Matthew negó lentamente.
—Eso fue lo que Isabel te hizo creer.
El vehículo que los perseguía aceleró y se acercó peligrosamente.
El conductor giró el volante para evitar un impacto.
El sobre cayó sobre las piernas de Elena.
Con manos temblorosas lo abrió.
Dentro encontró una fotografía antigua y varios documentos relacionados con la empresa que había pertenecido a su padre.
Al llegar a la última página, se quedó paralizada.
La firma que aparecía allí no era la de Isabel.
Era la de **Matthew Carranza**.
—¿Fuiste tú? —preguntó, incapaz de ocultar el horror en su voz.
Matthew cerró los ojos unos segundos.
—Sí.
En ese instante, el todoterreno bloqueó el camino.
Varias personas descendieron rápidamente.
Y entre ellas apareció Isabel.
Avanzó bajo la lluvia con una sonrisa tranquila.
—Elena, ven conmigo. Todo esto puede terminar ahora mismo.
—¿Trabajabas para ella? —preguntó Elena.
Matthew la miró directamente.
—Hace muchos años trabajé con tu padre. Construimos la empresa juntos. Cuando descubrió que Isabel estaba desviando dinero, ya era demasiado tarde. Antes de morir me entregó estos documentos y me pidió que te protegiera.
—¿Y por qué no cumpliste tu promesa?
Aquellas palabras lo golpearon con fuerza.
—Porque cometí el peor error de mi vida.
Isabel siguió avanzando.
—¡No le creas! ¡Está manipulándote!
Matthew salió del vehículo.
Por primera vez, Elena vio temor en el rostro de su madrastra.
—Todo lo que pertenecía a tu padre quedó protegido en un fideicomiso a tu nombre —explicó Matthew—. Isabel pasó años buscando estas pruebas. Esta noche ya no podrá ocultar la verdad.
El sonido de las sirenas rompió el silencio.
Las luces de los patrulleros iluminaron la carretera mojada.
La sonrisa de Isabel desapareció de inmediato.
Pocos minutos después, era escoltada esposada por los agentes.
La tormenta comenzó a disiparse.
Elena permaneció inmóvil, sosteniendo la fotografía que su padre había guardado para ella durante tantos años.
Matthew se acercó despacio.
—No puedo devolverte todo lo que perdiste —dijo—, pero hay algo que debes saber: tu padre nunca dejó de pensar en ti. Todo lo que hizo fue para garantizar que algún día pudieras vivir libre.
Las lágrimas resbalaron por las mejillas de Elena.
Por primera vez desde que tenía memoria, sintió que el miedo desaparecía.
Levantó la vista hacia el cielo que comenzaba a despejarse.
—Estoy bien, papá —susurró.
Y, mientras las últimas nubes se alejaban, tuvo la sensación de que, en algún lugar, él por fin había escuchado sus palabras.