“ELLA ME MARCÓ 17 VECES MIENTRAS MORÍA Y YO RECHACÉ CADA LLAMADA POR ESTAR CON MI AMANTE. AHORA MI PEOR ENEMIGO SE QUEDÓ CON TODO.”

PARTE 1

La música de banda resonaba con tanta fuerza dentro del exclusivo club en San Pedro Garza García que las paredes parecían vibrar. El aire estaba saturado de humo de tabaco, perfume caro y el inconfundible aroma del mezcal artesanal. En la zona VIP, rodeado de botellas vacías y luces de neón, Mateo descansaba pesadamente en el sofá de cuero negro. Sobre sus piernas estaba Valeria, su amante, riendo a carcajadas mientras le susurraba cosas al oído.

De repente, la pantalla del celular de Mateo se iluminó sobre la mesa de cristal. El nombre “Esposa” brilló intensamente. Era la llamada número 10 en menos de media hora.

Valeria rodó los ojos, fastidiada por la interrupción. “Mi amor, ¿no vas a contestar? Lleva marcando toda la noche. Ya me está hartando ese ruidito”, se quejó, haciendo un puchero mientras pasaba un dedo por la mandíbula de Mateo.

Mateo soltó una carcajada ronca, tomó su vaso y le dio un trago largo a su bebida. “Déjala. Solo está haciendo drama”, dijo con una sonrisa arrogante. “Ya sabes cómo son las viejas cuando están embarazadas, se ponen insoportables y emocionales por cualquier estupidez. Seguro solo quiere que le mande a comprar unos tacos a esta hora o que le sobe los pies hinchados. Qué flojera”.

“Mejor lo pongo en silencio”, murmuró Mateo. Con un movimiento rápido y desinteresado, presionó el botón rojo de rechazo, activó el modo avión y arrojó el teléfono al otro lado del sofá. Volvió a tomar a Valeria por la cintura. “¡Salud! ¡Por mi última noche de libertad antes de ser papá!”, gritó, alzando su vaso hacia sus amigos.

A varios kilómetros de ahí, en el silencio sepulcral de una inmensa mansión en la zona más exclusiva de la ciudad, el ambiente era aterrador. Camila yacía en la base de la imponente escalera de mármol blanco. Su respiración era agitada y superficial.

Sangre. Había demasiada sangre oscura extendiéndose sobre el suelo pulido, manchando su pijama de seda.

Camila, con 8 meses de embarazo, se había levantado a buscar un vaso de agua. Un mareo repentino la hizo perder el equilibrio en el primer escalón. La caída fue brutal. Su vientre golpeó con fuerza contra la dureza de los escalones y su cabeza rebotó contra el mármol al llegar al final. El dolor que le atravesaba el abdomen era indescriptible, como si la estuvieran desgarrando por dentro. El líquido amniótico se había roto, mezclándose con la sangre.

“Mateo…”, susurró Camila, con la voz quebrada por la agonía. Sus dedos temblorosos apenas podían sostener su celular con la pantalla estrellada. “Ayuda… nuestro bebé… por favor…”.

Con sus últimas fuerzas, marcó el número de su esposo una vez más.
Llamada rechazada.
Marcó de nuevo.
Buzón de voz.

La visión de Camila comenzó a nublarse. El frío se apoderaba de sus extremidades. Sabía que se estaba muriendo. Sabía que, en esa enorme casa amurallada, ninguna ambulancia podría entrar a tiempo si alguien no abría los portones de seguridad. Estaba completamente sola. Necesitaba ayuda. Quien fuera.

Desesperada, con la sangre manchando la pantalla, deslizó su dedo por su lista de contactos. Sus ojos se detuvieron en un número que no había marcado en 5 años. Un hombre con el que Mateo le había prohibido hablar. Alejandro. Su ex mejor amigo de la universidad, el hombre que ahora era el empresario hotelero más rico y poderoso del país, y el enemigo jurado de Mateo, quien siempre había vivido consumido por la envidia hacia el éxito de Alejandro.

Camila presionó el botón de llamar.

Sonó solo 1 vez.

“¿Camila?”, respondió una voz profunda y firme, cargada de sorpresa. “¿Pasó algo? Es de madrugada…”.

“Alejandro…”, sollozó ella, tosiendo sangre. “Caí… las escaleras… hay mucha sangre… ayúdame, por favor… Mateo… no contesta… el bebé…”.

“¡¿CAMILA?!”, el grito de Alejandro resonó en la bocina, seguido del fuerte estruendo de una silla cayendo al suelo. “¡¿Dónde estás?! ¡Aguanta, voy para allá con todo mi equipo médico! ¡No cierres los ojos! ¡Por lo que más quieras, háblame, Camila!”.

El celular resbaló de la mano inerte de Camila, cayendo sobre el charco rojo.

“Perdóname, mi amor…”, le susurró a su vientre, mientras la oscuridad absoluta la devoraba. Era imposible imaginar la pesadilla que estaba a punto de desatarse…

PARTE 2

El sol del mediodía golpeaba con fuerza los ventanales del lujoso departamento de Valeria. Mateo despertó con un dolor de cabeza punzante, la boca seca y un resentimiento general hacia la luz. Se frotó los ojos, buscó su celular en el bolsillo de su saco tirado en el suelo y desactivó el modo avión.

De inmediato, la pantalla se inundó de notificaciones. Tenía decenas de llamadas perdidas, la mayoría de Carmela, la empleada doméstica de su casa. Frunciendo el ceño, abrió un mensaje de voz. “¡Señor Mateo, por favor conteste! ¡Encontramos a la señora Camila en un charco de sangre! ¡La ambulancia se la llevó al Hospital Zambrano, está muy grave!”.

Mateo rodó los ojos y soltó un suspiro de fastidio. “Seguro ya nació el escuincle y esta vieja exagerada armó un circo”, murmuró para sí mismo. Se vistió perezosamente, sin siquiera lavarse la cara, y bajó al estacionamiento para subir a su Porsche. Durante el trayecto, encendió la radio y manejó sin prisa, convencido de que al llegar encontraría a Camila llorando por el dolor del parto, reclamándole su ausencia. Todo se arreglaría con un collar de diamantes, como siempre.

Al cruzar las puertas automáticas del área de urgencias del hospital, el ambiente se sintió extraño, pesado. Mateo notó algo inusual: el pasillo principal hacia el área de terapia intensiva estaba bloqueado por al menos 8 hombres corpulentos vestidos con trajes negros impecables y auriculares de seguridad.

Cuando se acercó a la habitación que le habían indicado en recepción, vio a un hombre alto, con un traje sastre a la medida, de pie frente a la puerta, dándole la espalda. El hombre giró lentamente al escuchar los pasos de Mateo.

Era Alejandro.

La sangre le hirvió de inmediato a Mateo. La resaca desapareció, reemplazada por una ira ciega.

“¡Alejandro!”, gritó Mateo, su voz resonando por todo el pasillo esterilizado. “¿Qué demonios haces tú aquí? ¡Lárgate de mi vista! ¡No tienes nada que hacer con mi familia! ¡Seguridad, saquen a este imbécil de aquí!”.

Alejandro no dijo una sola palabra. Su rostro era una máscara de piedra, pero sus ojos estaban inyectados en sangre, oscuros y fríos como el hielo absoluto. Su mandíbula estaba tan tensa que parecía a punto de romperse.

“¿Dónde está Camila?”, exigió Mateo, acercándose con actitud desafiante. “¡Camila! ¡Ya vine, deja de hacer tu drama y vámonos a la casa!”.

Alejandro dio 2 pasos hacia adelante, cortando la distancia entre ambos. Antes de que Mateo pudiera reaccionar, el puño de Alejandro cortó el aire.

Un golpe brutal y devastador se estrelló contra la mandíbula de Mateo. El sonido del hueso crujiendo hizo eco en las paredes. Mateo salió volando hacia atrás, estrellándose contra el suelo de linóleo, escupiendo sangre y sintiendo que el mundo daba vueltas.

“¡Estás loco, hijo de perra!”, gritó Mateo, agarrándose la cara mientras intentaba levantarse torpemente. “¡Te voy a hundir en demandas! ¡Te vas a pudrir en la cárcel!”.

“Ya no tienes esposa, Mateo”, pronunció Alejandro. Su voz salió baja, ronca, cargada de una oscuridad que heló la sangre del hombre en el suelo.

Mateo se congeló a mitad de su movimiento. “¿Q-Qué estupidez estás diciendo?”.

“Camila está muerta”, respondió Alejandro, cada sílaba cayendo como una sentencia de muerte. “Llegó sin signos vitales. El bebé también murió en su vientre. Se desangró en el suelo de esa casa gigante, sola, esperando a que su maldito esposo se dignara a contestar el teléfono”.

“N-No…”, Mateo palideció de golpe. El aire pareció abandonar sus pulmones. “No… no es cierto. Tú mientes. Ella estaba bien, solo era un embarazo…”.

Alejandro metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó un objeto envuelto en una bolsa de plástico transparente para evidencias. Era el celular de Camila, con la pantalla completamente destrozada y los bordes manchados de sangre seca color marrón. Se lo arrojó a Mateo, cayendo justo sobre su regazo.

“Mira la pantalla, basura”, escupió Alejandro. “Ese es el registro de llamadas. 17 veces, Mateo. Te marcó 17 veces mientras se ahogaba en su propia sangre, arrastrándose por el suelo, pidiendo piedad por la vida de su hijo. Y todas, absolutamente todas, fueron rechazadas por ti”.

Mateo tomó el teléfono con manos temblorosas. A través del cristal roto, pudo ver las letras rojas en la pantalla. Llamada cancelada. Llamada cancelada. Llamada cancelada. Una lágrima caliente resbaló por su mejilla sucia.

“¿Sabes cuáles fueron sus últimas palabras en la ambulancia, antes de que su corazón se detuviera para siempre?”, preguntó Alejandro, acercándose hasta quedar de pie sobre Mateo. Se inclinó ligeramente. “Me miró a los ojos, llorando, y me dijo: ‘Alejandro… dile a Mateo que lo perdono por todo. Pero por favor, no dejes que sus manos toquen mis cenizas ni las de mi bebé’”.

Mateo se derrumbó. Un grito desgarrador, animal y lleno de pura agonía, escapó de su garganta. Se abrazó a sí mismo, llorando desconsoladamente en el piso del hospital. “¡No! ¡Camila! ¡Perdóname, mi amor! ¡No sabía, te juro que no lo sabía! ¡Fui un estúpido!”.

“Tus lágrimas no valen nada ahora. Es demasiado tarde para pedir perdón”, sentenció Alejandro, enderezándose y ajustándose las mangas del saco. Con un chasquido de sus dedos, uno de sus asistentes se acercó y le entregó una pesada carpeta de cuero negro. Alejandro la abrió lentamente.

“¿Sabes cómo funciona tu propio imperio inmobiliario, Mateo? ¿O estabas muy ocupado en los antros para leer los contratos?”, preguntó Alejandro con un tono mortalmente calculador. “Camila era la fiadora principal de todos tus préstamos corporativos. Por el amor ciego que te tenía, ella hipotecó la herencia completa de su familia, sus fideicomisos y sus tierras para financiar tu constructora”.

Mateo dejó de llorar por un segundo, levantando la vista, confundido y aterrado.

“Pero como ella ha fallecido…”, continuó Alejandro, hojeando los documentos legales, “…y debido al testamento notariado que firmó hace 4 meses, por si algo llegaba a complicarse en el parto, todos sus activos, deudas y garantías legales pasan directamente a manos de su albacea testamentario”.

Los ojos de Mateo se abrieron de par en par. El terror absoluto comenzó a reflejarse en su rostro magullado.

“¿Tú…?”, susurró Mateo, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.

“Sí, Mateo”, sonrió Alejandro, pero era una sonrisa carente de alegría, llena de una justicia implacable. “Yo soy su albacea. Ella confiaba en mí su vida y su legado, no en el parásito de su esposo”.

Alejandro cerró la carpeta con un golpe seco. “A primera hora de esta mañana, mientras tú dormías la borrachera con tu amante, mis abogados compraron la deuda total de tu constructora al banco. Ejecuté las garantías de Camila. Eso significa que ahora todo me pertenece. Tus edificios, tu constructora, la mansión donde dejaste morir a la mujer que amaba, tus cuentas bancarias, e incluso ese estúpido auto en el que llegaste. Todo eso ahora es mío, como pago por la deuda que tenías con ella”.

Mateo intentó hablar, pero las palabras no salían. Estaba sufriendo un colapso total.

“No te vas a quedar con un solo peso. No tienes esposa. No tienes a tu hijo. Y a partir de este maldito segundo, no tienes ni dónde caer muerto”, declaró Alejandro.

Alejandro se dio la vuelta, dándole la espalda a la ruina de hombre que lloraba en el piso. Hizo una seña a su equipo de seguridad.

“Saquen el cuerpo de Camila por la zona privada”, ordenó Alejandro con firmeza. “Y asegúrense de que este miserable no se acerque a menos de 100 metros del funeral. No voy a permitir que la presencia de un asesino manche el descanso de la mujer más maravillosa que he conocido”.

Los guardias asintieron, formando una barrera infranqueable. Mateo se quedó ahí, tirado en el suelo frío y blanco del hospital, con el labio reventado, las manos manchadas de la sangre seca del teléfono de su esposa, completamente solo y en la miseria absoluta. Había perdido su familia, su riqueza y su futuro en una sola noche de arrogancia.

Justo antes de que las puertas del elevador se cerraran, ocultando a Alejandro para siempre, Mateo escuchó las últimas palabras que sellarían su condena por el resto de su miserable existencia:

“Espero que hayas disfrutado mucho esa noche, Mateo… porque la llamada que decidiste no contestar te acaba de costar la vida entera”.