Conozca a la Hermana Eva, que curaba personas con bambú y agua de…Ver más

La medicina, cuando se despoja de vanidades y se reviste de propósito, se transforma en sacerdocio. En Filipinas, esa transformación llevaba el nombre de Hermana Eva Fidela Maamo. Conocida a nivel nacional como la “Monja de la Cura”, Eva falleció a los 85 años el pasado 14 de abril, dejando un legado que redefine el concepto de salud pública.

Cirujana de gran talento y religiosa por convicción, demostró que, donde falta tecnología, la creatividad y la compasión obran milagros, a veces, literalmente sobre mesas de bambú.

Entre bambúes y agua de coco: la medicina de campo

La trayectoria de la Hermana Eva está marcada por episodios que desafían la lógica hospitalaria moderna. En la década de 1970, en Lake Sebu, realizó una cirugía de emergencia a una mujer indígena utilizando una mesa de bambú y agua de coco para mantener a la paciente hidratada y con vida. Sin acceso a hospitales —que se encontraban a horas de caminata y cruzando ríos— la monja improvisó lo necesario.

Nacida en 1940, en Leyte del Sur, Eva se graduó en medicina antes de ingresar a las Hermanas de San Pablo de Chartres, en 1974. Su vocación no la encerró en conventos; por el contrario, la llevó hacia las periferias geográficas y existenciales. Creía firmemente que la salud no era un privilegio de quien puede pagar, sino un derecho inherente a la dignidad humana. Para ella, el diagnóstico comenzaba en el encuentro con la realidad del paciente, viendo dónde vivían y cómo sobrevivían.

Médicos descalzos y la capacitación indígena

Uno de los pilares más innovadores de su misión fue la creación de los “médicos descalzos”. Entendiendo que no podía estar en todos los lugares al mismo tiempo, la Hermana Eva entrenó a miembros de las comunidades para realizar cuidados básicos y pequeñas cirugías. En total, capacitó a 274 profesionales comunitarios de 110 tribus diferentes, incluyendo a los T’boli, Aeta y Manobo.

Su actuación fue crucial durante crisis humanitarias, como la erupción del Monte Pinatubo en 1991. No solo atendió las heridas físicas de los desplazados Aeta, sino que trabajó en el reasentamiento de 146 familias, ayudándolas a recuperar la autonomía y la resiliencia. Para Eva, curar el cuerpo era apenas el primer paso para restaurar el espíritu y la ciudadanía de aquellos que la sociedad insistía en olvidar.

Un legado de paz y reconocimiento global

En 1984, junto al padre James Reuter, fundó la Fundación de la Misión Nuestra Señora de la Paz y, posteriormente, el hospital del mismo nombre en Parañaque. El centro médico se convirtió en un refugio para los marginados de Manila, ofreciendo cirugías gratuitas, programas de alimentación y albergue. Su impacto fue tan profundo que recibió el Premio Ramon Magsaysay en 1997 —el “Nobel de Asia”— además del Premio Madre Teresa de Filipinas.

La Hermana Eva Maamo era descrita como pequeña de estatura, pero inmensa de espíritu. Formó generaciones de jóvenes médicos, enseñándoles que la medicina es, fundamentalmente, amor en acción. Aunque su voz se haya silenciado, su luz perdura en cada “médico descalzo” que aún actúa en las montañas y en cada vida salvada en los pasillos del hospital que ella levantó con fe y trabajo duro. Su partida cierra un capítulo, pero su ejemplo permanece como una prescripción eterna de humanidad.