No pensé que llegaría a mi graduación, así que se lo traje.

No pensé que llegaría a mi graduación, así que se lo traje.

Mi papá no debería haber estado allí.

Dijeron que sería demasiado para él: la multitud, el ruido, las escaleras. No había caminado en meses, no había pronunciado frases completas desde el derrame cerebral.

Pero lo necesitaba allí. No solo en espíritu, no en una videollamada. Allí. Entonces hice un trato con mi director.

Celebramos una pequeña ceremonia dos días antes de la oficial. Solo mi toga, una funda para el diploma y algunos compañeros que insistieron en venir.

Llevaron a papá al aula lentamente en su silla de ruedas, con el tanque de oxígeno silbando a su lado, y juro que, cuando me vio con esa toga y birrete, sonrió. No mucho, no por mucho tiempo, pero ahí estaba.

Me senté a su lado, con el diploma en la mano, y él extendió la mano con los mismos dedos temblorosos que solía atarme los cordones de los zapatos.

Orgulloso», susurró. Una sola palabra. Pero sonó como mil.

No pude evitarlo: lo abracé. Fuerte. Con cuidado. Mi borla se enganchó en su barbilla. Ambos nos reímos. Ese momento, ese es el que más recordaré de la preparatoria.

Pero justo antes de volver a sentarme, hizo algo que no esperaba.

Señaló el bolsillo de su polo rojo. Metí la mano, pensando que quizá tenía una nota o algo sentimental.