Me llamo Carmen y tengo 61 años. Hasta hace poco, estaba convencida de que mi vida era tan firme como una roca.

Durante más de tres décadas, Alejandro fue mi compañero de todo: de vida, de lucha, de silencios, de alegrías simples. Criamos a dos hijos maravillosos, construimos un hogar que olía a café por las mañanas y a leña en invierno. Siempre pensé que envejeceríamos juntos, sentados en la terraza, contando historias a los nietos que aún no llegaban.

Pero este invierno, algo se quebró.

Todo comenzó en diciembre. Como era tradición, nuestros hijos nos dejaron a Max, su labrador, mientras viajaban a esquiar. Alejandro y yo planeamos unas fiestas tranquilas: libros, vino caliente, largas caminatas con el perro.

Hasta que, de repente, Alejandro anunció:

—Quiero pasar unos días en Segovia. Me gustaría ver a los chicos del instituto. Hace mucho que no voy.

Me sorprendió, pero no cuestioné nada. Después de tantos años juntos, aprendí a no retener. Le preparé su maleta con cuidado, doblando cada camisa con ternura, sin imaginar que estaba empacando su despedida.

Regresó siete días después. Pero no era él.

Su silencio era distinto. No el de costumbre, el que acompaña la rutina, sino uno pesado, extraño. Su mirada evitaba la mía. En la cena, apenas comió. Y cuando me sonrió, sentí que era una sonrisa de culpa, no de amor.

Tres días después, me lo dijo.

—Carmen… quiero el divorcio.

Me temblaron las manos. Pensé que estaba enfermo, que era una broma cruel. Pero entonces lo soltó todo, como quien ya ha ensayado su discurso:

—Me reencontré con Laura. ¿Te acuerdas de ella? Salimos cuando éramos muy jóvenes. Me escribió por Facebook hace meses… quedamos a tomar algo. Y no sé cómo pasó, pero… se despertó algo dentro de mí. Algo que creía muerto.

Laura vive ahora en una cabaña junto al río, da clases de yoga y hace jabones artesanales. No tiene televisión ni reloj. Alejandro hablaba de ella con brillo en los ojos.

—Con ella siento que respiro. Que me vuelvo a descubrir. Me recuerda quién era yo antes de convertirme en “el padre de familia”, en “el hombre serio”.

—¿Y yo qué era para ti? —pregunté, conteniendo las lágrimas.

—Fuiste todo, Carmen. Pero contigo la vida se volvió un bucle. Estábamos tan cómodos que dejamos de vivir.

Me quedé en silencio. No le rogué. No le grité. Solo sentí que una marea me ahogaba por dentro.

Han pasado tres meses.

Max duerme a mi lado cada noche. El sillón de Alejandro sigue vacío. Al principio no podía ni mirarlo. Ahora le pongo una manta encima, como si aún fuera suyo.

No lo odio. Tampoco lo entiendo. Pero he empezado a caminar más. A cocinar solo para mí. A escribir. A reír con mi vecina Teresa, que me invita a jugar cartas los jueves.

No sé qué me depara la vida. Pero he comprendido que la roca sobre la que construí todo también puede agrietarse. Y aun así… yo sigo en pie.