LO PERDIÓ TODO, PERO SE NEGÓ A DEJARLA IR

LO PERDIÓ TODO, PERO SE NEGÓ A DEJARLA IR
El aire olía a humo y lluvia. La ceniza se aferraba al suelo nevado. La gente susurraba, los bomberos se movían al fondo, pero él no parecía oírlos.

Se quedó allí parado, abrazando a la pequeña gatita temblorosa contra su pecho. Sus manos, ásperas y temblorosas, la protegían del frío; su suéter estaba manchado de hollín y nieve.
Tragué saliva con fuerza y me acerqué. «Señor… ¿está bien?»
Él no levantó la vista. Simplemente la abrazó más fuerte.

—Ya no están —susurró, casi sin voz—. La casa. Las fotos. Todo.
Luego, miró a la gatita, acariciando su pelaje húmedo. Le temblaban los labios, pero no por el frío.
“Ella es todo lo que me queda.”

Y en ese momento, mi corazón se rompió.
No sabía su nombre entonces. Solo conocía al hombre, una silueta recortada contra las luces de emergencia parpadeantes, un hombre que lo había perdido todo, pero se aferraba con fuerza a lo único que le quedaba. Más tarde supe que se llamaba Elías.