— Disculpa, a veces Emma dice cosas sin pensar

— Disculpa, a veces Emma dice cosas sin pensar — murmuró, intentando controlar su voz.

Los domingos para James Sullivan eran sagrados. Siempre llevaba a su pequeña Emma a Bayside Bistro para un brunch tranquilo, un ritual que le ayudaba a sostener el peso de la ausencia que sentía cada día desde que Eliza se había ido.

Mientras Emma jugaba con la servilleta y tarareaba su canción favorita, James disfrutaba de su café, intentando ignorar el hueco que el recuerdo de su esposa dejaba en cada rincón.

Entonces la voz dulce de Emma lo interrumpió.

— ¡Papá, esa camarera se parece a mamá!

James se quedó congelado. Por un instante, la rutina se rompió y el mundo se detuvo. Su hija señalaba con entusiasmo hacia una joven que, ajena a ellos, tomaba la orden de otra mesa con una sonrisa cálida.

Con el corazón acelerado, James giró lentamente para mirar.

La camarera tenía el cabello recogido en una coleta, sus ojos brillaban con una familiaridad que no podía explicar. No era solo su apariencia, era la manera en que movía la cabeza, la suavidad de su sonrisa, el aura que parecía irradiar.

Eliza había muerto hacía dieciocho meses, en un accidente trágico que dejó a James solo para criar a Emma. Pero aquella mujer… parecía un espejismo vivo, un fragmento de un pasado que creía enterrado.

Emma, sin dudarlo, saludó alegremente.

— ¡Hola! — dijo la camarera, devolviendo la sonrisa, aunque con un destello de sorpresa en sus ojos.

James se levantó lentamente, aún incrédulo.

— Disculpa, a veces Emma dice cosas sin pensar — murmuró, intentando controlar su voz.

La camarera lo miró fijamente y, para sorpresa de James, sus ojos se llenaron de reconocimiento.

— ¿James Sullivan? — preguntó en voz baja.

— Sí — respondió él, incapaz de apartar la mirada.

— Soy Sophia Martínez — dijo ella—. Fui compañera de cuarto de Eliza en la universidad.

Un silencio pesado cayó sobre ellos. James sintió como si un tsunami de recuerdos lo golpeara de repente.

— ¿Cómo está? — preguntó Sophia con una voz quebrada.

James tragó saliva, sintiendo el fantasma de Eliza más presente que nunca, no en la muerte, sino en la conexión que ahora compartía con aquella mujer.

Lo que empezó como un simple saludo se convirtió en el inicio de una historia inesperada, donde los secretos del pasado y las heridas del presente se entrelazaban en la búsqueda de una nueva esperanza.