MI ABUELA SE SINTIÓ AVERGONZADA CON SU BATA DE HOSPITAL, ASÍ QUE YO TAMBIÉN ME PUSE UNA

MI ABUELA SE SINTIÓ AVERGONZADA CON SU BATA DE HOSPITAL, ASÍ QUE YO TAMBIÉN ME PUSE UNA

Cuando mi abuela, Rosa, ingresó en el hospital, intentó hacerse la dura, pero pude ver la vergüenza en sus ojos. Odiaba sentirse vulnerable, odiaba la frágil bata de hospital que apenas cubría su dignidad.

—Me veo ridícula —murmuró, tirando de la tela—. Como un murciélago viejo y arrugado.

“Abuela, te ves bien”, le aseguré, pero ella simplemente cruzó los brazos y miró hacia otro lado.

Esa noche, cuando el horario de visitas estaba a punto de terminar, se me ocurrió una idea. Salí a escondidas, busqué a una enfermera y le pedí una bata extra. Arqueó la ceja, pero me la entregó.

Cinco minutos después, volví a la habitación de la abuela con el mismo vestido poco favorecedor que ella llevaba puesto. Con los brazos extendidos, di una pequeña vuelta. «Ahora sí que estamos a juego».

Su rostro se arrugó con confusión antes de estallar en carcajadas. Unas carcajadas que sacudieron su frágil cuerpo. Hacía semanas que no oía ese sonido.

—Estás loco, muchacho —dijo entre jadeos.

“Es cosa de familia”, respondí.

Esa noche, por primera vez desde que la ingresaron, la abuela dejó de juguetear con su bata. No intentó taparse con la manta.

Simplemente se quedó allí tumbada, sonriéndome como si compartiéramos un secreto.