Él no soltaba la gallina y yo no tenía el coraje de decirle por qué había desaparecido ayer.

Él no soltaba la gallina y yo no tenía el coraje de decirle por qué había desaparecido ayer.

Ella no es solo una gallina. Es su gallina.

Todas las mañanas, antes de ir a la escuela, sale corriendo descalzo, incluso con frío, a buscarla. No importa si el suelo está helado o si hay rocío en la hierba. Le habla como si fuera una compañera de clase, le cuenta sobre los exámenes de ortografía y de qué cree que están hechas las nubes. A veces le dice que las matemáticas son aburridas, que hoy quiere comer panqueques con más miel, que anoche soñó que volaban juntos.

Ella lo sigue como un perro. Lo espera en el porche hasta que llega a casa. Pica el suelo, inquieta, como si midiera el tiempo que falta. Cuando lo ve, salta, agita las alas, corre hacia él.

Al principio nos pareció lindo. Luego nos dimos cuenta de que era más que eso.

Después de que su madre se fue el año pasado, se quedó callado. Dejó de sonreír como antes. Dejó de correr. Dejó de reír. Ni siquiera tocaba sus panqueques, que antes eran sagrados para él.

Pero entonces Nugget empezó a rondar por ahí, esa extraña bola amarilla que llegó a nuestro jardín desde quién sabe dónde. Se quedó. Y algo hizo clic.

Volvió a sonreír. Empezó a comer. A dormir. A reír. Todo por culpa de ese pájaro bobo.

Se hicieron inseparables. Jugaban, se escondían, compartían migas de pan. Se hablaban sin palabras. Cuando él lloraba, ella se acurrucaba a su lado. Cuando él se dormía, ella se quedaba cerca.

Ayer, Nugget se fue.

Buscamos por todas partes. En el gallinero, en el bosque, en la carretera. Ni plumas, ni huellas, nada. Lloró hasta quedarse dormido con la foto de ella apretada en su pequeño puño.

Hoy la encontró. No sé cómo. No sé dónde. Pero ahí está, aferrándola, con los ojos hinchados y las manos temblorosas.

No la suelta. Y yo no tengo el coraje de decirle que, esta vez, tampoco sé si se quedará.