No dejaba de subirse a mi regazo, incluso cuando apenas podía mantenerse en pie.

No dejaba de subirse a mi regazo, incluso cuando apenas podía mantenerse en pie.

Ni siquiera pensaba parar. Tenía la compra en el asiento trasero y mi teléfono estaba al 5%.

Pero lo vi tirado junto a la acera, con la cabeza apenas levantada, las costillas a la vista y una oreja doblada como si se la hubieran arrancado hacía mucho tiempo.

No corrió cuando me acerqué. Solo me miró, como si ya supiera que no le haría daño. Le temblaban las piernas al intentar levantarse, y juro que,

en cuanto me agaché, se acercó cojeando y se desplomó en mi regazo como si nos conociéramos de toda la vida.

Eso fue hace dos semanas. Lo llamé Mello, aunque su energía es todo menos eso. Me sigue de habitación en habitación, intenta subirse a mi regazo mientras trabajo, cocino,

incluso una vez mientras me cepillaba los dientes. No importa que su cuerpo aún se esté recuperando; necesita tocarme.

Lo llevé al veterinario a la mañana siguiente. Tenía sarna, una infección pulmonar, dos costillas rotas y algo raro en la radiografía que no pudieron identificar.

Me dieron medicamentos y me advirtieron que sería caro. No me importó. Simplemente no podía dejarlo.

Ahora duermo en el sofá porque está más bajo, y se queja si no puedo alcanzarlo. No he podido dormir una noche entera desde que lo traje a casa, pero no me importa.