Fuerzas Militares Recuperan los Cuerpos de Más de una Docena de Soldados Caídos en Combate y los Trasladan en Helicóptero a Base Militar: La Desgarradora Escena en la que Uniformados Reciben a sus Compañeros Muertos en una Cancha de Aterrizaje Sacude a la Nación y Reabre el Debate sobre el Costo Humano del Conflicto

Los helicópteros llegaron de uno en uno.

Primero el sonido, ese golpeteo rítmico de las aspas que se escucha antes de que la silueta negra aparezca sobre la línea del horizonte. Luego la máquina descendiendo sobre la cancha verde de la base militar con esa precisión controlada de los pilotos militares experimentados, levantando el pasto aplastado por el viento de las aspas en círculos perfectos que se expandían hacia los lados. Y finalmente, cuando el aparato tocaba tierra y la rampa o la puerta se abría, lo que salía no eran soldados regresando sino la evidencia envuelta en plástico blanco de lo que el combate había costado esta vez.

Los militares que esperaban en tierra se acercaban en silencio.

No había protocolo formal en ese momento, no había formación ni saludo ni el ceremonial que acompaña otras recepciones militares. Era algo más elemental y más pesado que cualquier ceremonia: hombres con el mismo uniforme de camuflaje recogiendo a otros hombres con el mismo uniforme de camuflaje, excepto que los que recogían caminaban y los que eran recogidos ya no podían hacerlo.

Esa diferencia, tan simple de enunciar y tan imposible de procesar completamente, era todo lo que había que entender sobre lo que estaba ocurriendo en esa cancha esa tarde.

Lo que había comenzado como una operación de control territorial en una zona selvática del interior del país, en una de esas regiones que aparecen en los mapas con nombre pero que la mayoría de los ciudadanos urbanos no podrían ubicar con precisión, se había convertido en un enfrentamiento de una violencia que los comandantes de la unidad no habían anticipado en esa magnitud.

Las circunstancias exactas del combate estaban siendo investigadas por el comando militar y no fueron divulgadas en su totalidad en las primeras horas, lo que es procedimiento estándar en operaciones activas donde la información puede comprometer tanto la seguridad de las unidades todavía en campo como la integridad de la investigación posterior.

Lo que sí trascendió, a través de fuentes castrenses que hablaron con reserva de identidad, era que la unidad había ingresado a la zona con información de inteligencia sobre la presencia de un grupo armado ilegal que operaba en ese corredor estratégico. El contacto con el grupo armado fue más intenso de lo previsto, en terreno que favorecía al adversario que lo conocía y que había tenido tiempo de preparar posiciones, y la unidad sufrió bajas que superaron lo que cualquier operación de esa naturaleza tiene contemplado como costo aceptable.

Los helicópteros Black Hawk que ahora aterrizaban en la base habían sido los mismos que horas antes habían llevado refuerzos hacia la zona de combate y que ahora regresaban con una carga completamente diferente.

Los cuerpos y quienes los reciben

Había más de una docena de bolsas blancas dispuestas sobre el pasto verde de la base cuando el último helicóptero completó su rotación.

La imagen tenía una geometría que era al mismo tiempo ordenada y devastadora: las formas blancas alineadas sobre el verde uniforme del terreno, los soldados moviéndose entre ellas con ese cuidado que se tiene con las cosas que ya no pueden lastimarse pero que merecen ser tratadas con la misma dignidad que se les habría dado en vida.

Un soldado armado con su fusil al hombro observaba la escena desde un costado, con la postura alerta que el entrenamiento convierte en segunda naturaleza pero con algo en los ojos que el lente de un fotógrafo presente capturó y que resistía cualquier descripción técnica: no era miedo ni era tristeza en el sentido convencional de la palabra. Era algo más cercano al reconocimiento. La comprensión visceral de que esas bolsas blancas podrían haber contenido a cualquiera de los presentes, de que la diferencia entre estar parado sobre ese pasto y estar dentro de una de esas bolsas era tan pequeña que resultaba incómodo mirarla directamente.

El fotógrafo militar que documentaba la escena trabajaba con la profesionalidad que se requiere para hacer ese trabajo sin quebrarse, registrando con su cámara lo que la institución necesita documentar y que la historia necesita que sea documentado, aunque el costo personal de esa documentación sea algo que cada fotógrafo de conflictos lleva consigo de maneras que no siempre son visibles desde afuera.

Las familias que esperan

A cientos de kilómetros de esa base militar, en casas distribuidas por distintas regiones del país, había familias que todavía no sabían.

Ese es uno de los aspectos más brutales de las bajas militares en combate: el tiempo que transcurre entre el momento en que el hecho ocurre y el momento en que la noticia llega a quienes más necesitan saberla. Las fuerzas militares tienen protocolos específicos para la notificación a familias, protocolos diseñados para que la información llegue de manera personal y acompañada, nunca a través de una llamada telefónica impersonal ni mucho menos a través de las re